CUANDO EL ARTE EMPIEZA ANTES DE LA OBRA

Pensamiento, técnica y lugar incómodo de la creación hoy.

Durante una conversación reciente sobre el uso de la inteligencia artificial en el arte, me descubrí explicando algo que llevo años viviendo sin haberlo formulado del todo. No estaba defendiendo una herramienta concreta ni justificando un método. Estaba intentando explicar desde dónde nace mi trabajo.

Y ese “desde dónde” no tiene que ver con pinceles, software, materiales o estilos. Tiene que ver con el pensamiento.

Para mí, el arte empieza antes de la obra. Empieza en el lugar donde se toman decisiones: qué mirar, qué descartar, qué sostener, qué dejar caer. Empieza en una forma concreta de estar en el mundo, de percibirlo, de interrogarlo. La obra no es más que la consecuencia visible de ese proceso invisible.

Cuando utilizo inteligencia artificial —en mi caso, como apoyo para bocetos o exploraciones previas— no delego la creación. No hay nada aleatorio ni automático en lo que sucede. La IA no “crea” por mí: responde a lo que yo le pido, a cómo formulo la pregunta, a las decisiones que tomo después. Y, sobre todo, a lo que rechazo. La selección, el descarte, la intuición y el criterio siguen siendo humanos. Siguen siendo míos.

Por eso me cuesta entender el miedo a que la herramienta sustituya al creador. Las herramientas nunca han sido neutrales, pero tampoco han sido el origen del arte. El origen siempre ha estado en otro lugar.

Lo mismo ocurre en disciplinas como el modelado o la escultura 3D. Incluso cuando se trabaja a partir de personajes ya existentes —anime, manga o cualquier otro imaginario compartido— el valor no está únicamente en la destreza técnica. Está en la interpretación. Como ocurre en la actuación, el personaje puede existir previamente, pero cada creador lo encarna desde su propia mirada. Y esa mirada no se puede automatizar.

La técnica, entendida de forma amplia, no es solo el dominio de una herramienta. Es la capacidad de trascenderla. De construir algo legible. De generar preguntas. De activar identificación. De provocar una respuesta emocional o simbólica en quien mira. Eso no lo garantiza ningún algoritmo.

A veces se dice que la IA “democratiza” el acceso a la creación. Y es cierto, en parte. Pero confundir acceso con profundidad es un error. El resultado rápido puede ser suficiente para una parte del mercado, pero no para todo. Y no debería serlo. El arte que nace de un pensamiento honesto no compite en el terreno de la velocidad ni de la cantidad, sino en el de la coherencia.

En el fondo, el verdadero obstáculo no es la inteligencia artificial. Es la creencia de que el proceso creativo puede automatizarse sin pérdida. Que basta con un resultado aparente para que haya verdad. Y eso, al menos para mí, no es así.

El valor de una obra no reside únicamente en lo que se ve, sino en desde dónde ha sido pensada. Y ese lugar no es extraordinario ni exclusivo: todo el mundo crea desde algún sitio, aunque no siempre lo nombre. La diferencia no está en tener un “porqué”, sino en atreverse a mirarlo de frente.

Compartir esta forma de entender el arte no es una forma de imponer un criterio, ni de ofrecer una explicación definitiva del fenómeno artístico. Es simplemente dar cuenta de una experiencia situada. De cómo ocurre en mí. Y quien no se reconozca en ella, no tiene por qué adoptarla.

El arte no necesita convencer. Necesita existir sin falsearse.

Y quizá ese sea, al final, su único compromiso.

Nota de la autora

Texto escrito por Ana González, artista visual.

Este texto forma parte de un conjunto de reflexiones que escribo como archivo de pensamiento: un espacio donde quedan registradas ideas, dudas y posiciones que atraviesan mi práctica artística. No todas estas reflexiones nacen con vocación pública, pero algunas encuentran sentido al compartirse. No como respuestas cerradas, sino como puntos de partida para pensar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, encontrarás otros textos en la sección  Mi Archivo de pensamiento.

Ana

Nota de la autora

Texto escrito por Ana González, artista visual.

Este texto forma parte de un conjunto de reflexiones que escribo como archivo de pensamiento: un espacio donde quedan registradas ideas, dudas y posiciones que atraviesan mi práctica artística. No todas estas reflexiones nacen con vocación pública, pero algunas encuentran sentido al compartirse. No como respuestas cerradas, sino como puntos de partida para pensar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, encontrarás otros textos en la sección Mi Archivo de Pensamientos.

Ana