A veces me preguntan cuándo empezó mi historia con el arte, y nunca sé bien qué responder.
Porque el arte, en realidad, nunca empezó:
siempre estuvo ahí, como una forma de mirar, de sentir y de intentar comprender lo invisible.
Desde muy pequeña encontraba refugio en el silencio, en los colores, en las formas que nacían de la imaginación más que de la realidad. Me fascinaba observar lo que otros no veían: la sombra que atraviesa un rostro, la luz que se filtra entre los árboles, el modo en que una emoción puede habitar el cuerpo sin pronunciar palabra.
Pintar fue, desde entonces, mi forma de entender el mundo —y, poco a poco, de entenderme a mí misma.
Con los años, la pintura dejó de ser solo un acto de creación para convertirse en un camino. Un camino lleno de hallazgos y pérdidas, de dudas, de belleza y de búsqueda. Porque, aunque siempre me ha acompañado una técnica sólida y una mirada analítica, comprendí que la verdad del arte no está en la perfección, sino en la presencia. En ese instante en el que el gesto, la emoción y el pensamiento se funden en una sola respiración.
Cada serie que realizo es, de algún modo, un fragmento de ese viaje interior.
A veces se manifiesta como introspección y silencio, como ocurre en Los Abismos del Alma.
Otras, como custodia y permanencia, en Eternos Custodios.
Y otras, como celebración de la vida y del color, en Flora o en el universo simbólico de OLA MIA.
Todas son partes de un mismo lenguaje que se expande y muta, igual que lo hace la vida.
Pintar me ha enseñado a mirar más despacio.
A aceptar la imperfección.
A reconocer que lo inacabado también tiene su belleza,y que en el proceso
—en ese diálogo constante entre lo que se crea y lo que se destruye—
hay una verdad que trasciende la forma.
Hoy entiendo que mi obra no nace solo de la técnica, sino de la emoción, del pensamiento y de esa necesidad de conectar con algo más grande que yo misma:
el tiempo, la memoria, la esencia de lo humano.
Pinto porque necesito comprender.
Pinto porque es mi forma de recordar.
Pinto porque, de algún modo, todo lo que soy está en lo que pinto.
Cada cuadro es una conversación entre mi mundo interior y el del espectador.
Un espacio donde tal vez nos reconozcamos, aunque no nos hayamos visto nunca.
Y si eso ocurre, si una emoción mía despierta otra en ti, entonces la obra ya ha cumplido su propósito.
Si deseas conocer más sobre mi trayectoria profesional, exposiciones y formación,
te invito a visitar mi página SOBRE MI.
Pero si te quedas aquí un momento, tal vez descubras algo más esencial:
que el arte no se trata solo de pintar, sino de recordar quién eres cuando creas,
y de atreverte a mirar de nuevo el mundo con los ojos de quien siente por primera vez.
Me muevo entre lo real y lo intuitivo.
Entre la técnica que he aprendido
y la libertad que he elegido.
Ahí es donde nace mi obra.
A veces pinto para entenderme, otras para olvidarme.
Mi obra nace del diálogo entre lo aprendido y lo que dejo ir.
La intuición siempre llega antes que la técnica.
Si te apetece seguir conociendo mi proceso creativo, mis reflexiones y el camino que hay detrás de cada obra, te invito a visitar mi blog.
Allí encontrarás textos donde comparto ideas, experiencias y la forma en la que vivo el arte desde dentro.
Mi obra es el reflejo de todo lo que he vivido, aprendido y sentido como artista.
Si te apetece adentrarte en ese universo y descubrir sus series, sus procesos y sus búsquedas,
estaré encantada de acompañarte.
