¿Es la creación de arte un privilegio?

Escuché hace poco una definición sobre los artistas que me acompañó durante horas:
la posibilidad de convertirse en proveedores de felicidad.

La expresión apareció ligada a Eduardo Mendoza, en un contexto de reconocimiento público, casi como una nota amable, celebratoria. Pero lejos de parecerme ligera, me resultó profundamente incómoda —y por eso mismo, reveladora.

Porque si el arte puede ofrecer felicidad, aunque sea de forma frágil, momentánea o silenciosa, entonces no es solo un gesto expresivo.
Es también un privilegio.

El privilegio no como ventaja, sino como acceso

Hablar del arte como privilegio no significa situarlo en un lugar elitista, sino reconocer algo más básico: no todo el mundo puede detenerse a crear, a pensar, a formular preguntas simbólicas, a transformar la experiencia en lenguaje sensible.

Ese acceso —al tiempo, a la reflexión, a la expresión— no es neutral.

El privilegio del arte no está en el reconocimiento ni en el éxito, sino en la posibilidad misma de convertir la experiencia en forma y compartirla. Y todo privilegio, cuando se reconoce como tal, conlleva una pregunta inevitable:
¿qué se hace con él?

Proveer felicidad no es entretener

La idea del artista como proveedor de felicidad puede parecer ingenua si se confunde con entretenimiento, evasión o complacencia. Pero hay otra felicidad, menos evidente y mucho más exigente.

La felicidad de:

  • sentirse acompañado

  • encontrar belleza incluso en lo difícil

  • poner nombre a lo que no lo tenía

  • descubrir que la experiencia propia no es aislada

Esa forma de felicidad no anestesia.
Sostiene.

Y quizá ahí reside una de las funciones más delicadas del arte: no explicar el mundo ni resolverlo, sino hacerlo habitable durante un instante.

El riesgo de no asumir el privilegio

Cuando el arte olvida que opera desde un lugar privilegiado —de tiempo, de lenguaje, de visibilidad— corre el riesgo de encerrarse en sí mismo.

No porque deba “servir” a nadie, sino porque puede desentenderse del impacto que genera, incluso cuando ese impacto es mínimo, íntimo o silencioso. Convertir el arte en un gesto autorreferencial, protegido por discursos opacos o por una supuesta superioridad simbólica, es también una forma de no asumir el privilegio desde el que se crea.

Una elección consciente

Pensar el arte como privilegio no me lleva a imponerle una función, sino a asumir una responsabilidad elegida.

En mi opinión, el arte debería esforzarse por hacer la vida un poco más habitable.
No como norma universal.
No como exigencia moral.
Sino como posición consciente de quien crea.

Hacer la vida más habitable no significa negar el dolor ni suavizar la herida. Significa ofrecerle forma, lenguaje y compañía. Una obra puede ser dura, incómoda o inquietante y, aun así, sostener a quien la mira. A veces, lo más habitable que puede ofrecer el arte es simplemente esto: no estás solo.

Encarnaciones de esta postura

En mi manera de pintar, esta elección se traduce en no despreciar la emoción ni la belleza como si fueran valores menores. La complejidad no se abandona, pero tampoco se blinda. La imagen no es un código cerrado, sino una puerta.

En mi manera de enseñar, implica cuidar el proceso de quien aprende como algo valioso, no accesorio. Nombrar sin domesticar. Ordenar sin imponer. Acompañar sin sustituir la experiencia.

En mi manera de escribir, supone elegir la pregunta antes que la consigna. No escribir para demostrar, sino para pensar en común. No cerrar el sentido, sino sostenerlo el tiempo suficiente como para que pueda ser habitado por otros.

Quizá el arte sea un privilegio.
No uno que deba justificarse,
pero sí uno que merece ser pensado.

Y quizá convertirse —aunque solo sea en ocasiones— en proveedor de felicidad no sea una consigna, sino una consecuencia natural de crear sin blindarse, sin despreciar la emoción y sin renunciar a la experiencia compartida.

Nota de la autora

Texto escrito por Ana González, artista visual.

Este texto forma parte de un conjunto de reflexiones que escribo como archivo de pensamiento: un espacio donde quedan registradas ideas, dudas y posiciones que atraviesan mi práctica artística. No todas estas reflexiones nacen con vocación pública, pero algunas encuentran sentido al compartirse. No como respuestas cerradas, sino como puntos de partida para pensar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, encontrarás otros textos en la sección  Mi Archivo de pensamiento.

Ana

Nota de la autora

Texto escrito por Ana González, artista visual.

Este texto forma parte de un conjunto de reflexiones que escribo como archivo de pensamiento: un espacio donde quedan registradas ideas, dudas y posiciones que atraviesan mi práctica artística. No todas estas reflexiones nacen con vocación pública, pero algunas encuentran sentido al compartirse. No como respuestas cerradas, sino como puntos de partida para pensar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, encontrarás otros textos en la sección Mi Archivo de Pensamientos.

Ana