LA TRAMPA DE LA DESTREZA

Hay una trampa silenciosa en la destreza.

No en la técnica en sí, sino en la manera en que suele ser leída.

Cuando la ejecución es impecable, el pensamiento parece quedar en suspenso. La mirada se detiene en el cómo y rara vez se atreve a preguntar para qué. La obra se convierte entonces en demostración, no en experiencia; en resultado, no en territorio.

La destreza tranquiliza.

Da seguridad al espectador, al crítico, al sistema.

Permite clasificar rápido, admirar sin implicarse y, a menudo, dar la lectura por cerrada antes de haber entrado en ella.

Pero hay obras —y hay procesos— en los que la forma no busca tranquilizar, sino exigir. Exigir tiempo. Exigir presencia. Exigir una mirada que no se conforme con el reconocimiento inmediato. En esos casos, la destreza deja de ser un mérito para convertirse en una coartada: una forma elegante de no entrar en el conflicto que la obra propone, una manera cómoda de evitar el contenido cuando este no se deja consumir fácilmente.

Esta lectura empobrecida de la técnica no surge de la nada. Tiene que ver con una carencia más profunda: la falta de educación visual.

No sabemos leer imágenes.

O, al menos, no se nos ha enseñado a hacerlo con el mismo rigor con el que se nos enseña a producirlas.

Resulta paradójico —y profundamente revelador— que en un mundo saturado de estímulos visuales, la formación para mirar sea prácticamente inexistente. Consumimos imágenes de manera constante, pero rara vez aprendemos a interrogarlas. Las reconocemos, las evaluamos, las aceptamos o las descartamos con rapidez, sin atravesarlas.

En ese contexto, la destreza se convierte en un refugio cómodo.

Si algo está “bien hecho”, basta.

No hace falta ir más allá.

A esta simplificación se suma otra confusión habitual: la identificación de la técnica con el procedimiento. Se llama técnica a lo que en realidad es solo ejecución; se nombra como dominio técnico lo que no es más que control de un método, repetición eficaz de una serie de pasos, correcta aplicación de un saber hacer.

Pero la técnica no es solo procedimiento.

La técnica es también elección, renuncia, ritmo, escucha. Es relación con el material, con el tiempo, con el error. Es una forma de pensamiento encarnado que atraviesa el proceso entero, no un tramo concreto del mismo.

Reducirla a procedimiento es desactivarla. Convertirla en algo visible, cuantificable, fácilmente evaluable. Y, sobre todo, separarla del sentido. En ese desplazamiento ocurre algo significativo: la destreza ocupa el lugar de la técnica, y el procedimiento se presenta como profundidad.

De ahí nace el supuesto conflicto entre ejecución y contenido. No porque sean opuestos, sino porque uno de los términos ha sido empobrecido hasta volverse irreconocible.

Esta confusión no afecta solo a quien pinta. Afecta, sobre todo, a quien mira.

El espectador no puede leer lo que no ha aprendido a ver. Y cuando la técnica se reduce a procedimiento, la mirada se acostumbra a evaluar en lugar de atravesar. Se fija en la corrección, en la fidelidad, en el acabado, porque son elementos reconocibles, comparables, tranquilizadores.

Así, la destreza se convierte en el último filtro.

Si está bien ejecutado, basta.

Si impresiona al ojo, la lectura se detiene ahí.

Pero una obra que no se deja consumir fácilmente —una obra que no se agota en su ejecución— exige otra cosa del espectador: tiempo, atención, incomodidad incluso. Exige sostener una pregunta sin resolverla del todo.

Esa exigencia suele interpretarse como dificultad, cuando en realidad es profundidad. No porque la obra sea oscura, sino porque no se ofrece como respuesta cerrada.

Tal vez la trampa no esté en la destreza, sino en la expectativa de que la pintura deba ser legible de inmediato.

Tal vez el problema no sea la técnica, sino la mirada que solo reconoce aquello que ya sabe nombrar.

Mirar también es una forma de aprendizaje.

Y, como todo aprendizaje, puede empobrecerse…

o empezar de nuevo.

Nota de la autora

Texto escrito por Ana González, artista visual.

Este texto forma parte de un conjunto de reflexiones que escribo como archivo de pensamiento: un espacio donde quedan registradas ideas, dudas y posiciones que atraviesan mi práctica artística. No todas estas reflexiones nacen con vocación pública, pero algunas encuentran sentido al compartirse. No como respuestas cerradas, sino como puntos de partida para pensar.

Si quieres seguir explorando estas ideas, encontrarás otros textos en la sección Mi Archivo de Pensamientos.

Ana